GAROÑA: ¿una decisión “política”?

Margalló Ecologistes en Acció ha tenido acceso a un artículo de la ex Ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, que muy pronto publicará el diario Público. En el texto, que reproducimos a continuación, la que fuera ministra del Ejecutivo de Zapatero habla de la decisión del Presidente del Gobierno de prolongar la central de Garoña, así como de las renovables como el futuro de la energía.

La decisión sobre Garoña ha suscitado críticas, entre otras, por su naturaleza “política” – o sea, “demagógica”, “arbitraria”, …- El cierre de la central era, legalmente, una decisión del Gobierno, oído el CSN; tan política hubiera sido la autorización de prolongar su funcionamiento como lo contrario. Porque no todos consideramos la política como “el arte de lo posible”, sino como la capacidad de hacer posible aquello que sea deseable. La política “con mayúscula” supone la voluntad de transformar la realidad conforme a los valores de cada fuerza política, con el apoyo de los ciudadanos identificados con tales valores. La acción política exige imaginar un determinado futuro, diseñar una estrategia para alcanzarlo y gestionar el presente de forma coherente.

No soy capaz de imaginar un futuro más deseable para la humanidad que el de la desaparición del armamento nuclear. Un empeño a largo plazo que, como señala Obama, justifica ampliamente el ejercicio de la política. Para hacer realidad ese horizonte hay que reducir también el “uso pacífico” de la energía nuclear. El reciente estudio del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) señala precisamente el riesgo de proliferación de combustible nuclear como uno de los principales obstáculos de la expansión de esta energía. Ese riesgo aumentará con el incremento de centrales en países menos desarrollados, incapaces de garantizar el adecuado control. Los países desarrollados tampoco están del todo exentos de riesgos análogos, incluido el de un eventual ataque terrorista.

¿Se puede reducir el peligro nuclear a escala global y garantizar de forma duradera y segura el acceso a la energía a todos los ciudadanos del planeta, en particular a los más pobres? Por supuesto: ello puede lograrse utilizando, con la máxima eficiencia, recursos renovables disponibles en todas partes.

La energía nuclear – aunque fuera segura – no es renovable. El uranio es un combustible fósil, igual que el petróleo, y tiene fecha de caducidad. El agotamiento progresivo de recursos no renovables provoca conflictos, especulación y encarecimiento de la energía. A medio plazo, el precio de todos los combustibles fósiles subirá, mientras el coste de utilizar las energías renovables – que son además gratuitas – seguirá disminuyendo, como ha sucedido ya gracias al desarrollo de su tecnología. Hace unos días, una empresa española presentaba en la OCDE la tecnología de la mayor planta termosolar en construcción, que podrá suministrar energía incluso durante siete horas nocturnas.

La energía nuclear tampoco es barata. El ya citado estudio del MIT señala que, incluso hoy, la construcción de centrales nucleares solo resulta competitiva gracias a elevadas subvenciones públicas, como resulta evidente en los doce países en los que actualmente se construyen estas plantas. En España, desde 1997 cualquier empresa privada podría haber construido una central nuclear…Si no ha sido así, es, simplemente, porque las cuentas no salen. Por supuesto, en el caso de las centrales ya amortizadas el coste del Kw/hora sí resulta competitivo con el de los demás combustibles fósiles y con el de las energías renovables. Dado que toda la electricidad se paga al mismo precio, ello comporta beneficios económicos extraordinarios para las centrales ya amortizadas, como es el caso de Garoña: ello explica la formidable presión ejercida sobre el Gobierno para que autorizase la prolongación de su vida útil.

Y que no se engañe nadie con el señuelo de la energía nuclear como “solución” ante el cambio climático. La propia Agencia Internacional de la Energía –partidaria del mantenimiento de la energía nuclear en el mix energético-, reconoce que su contribución global a la reducción de emisiones de CO2 seguiría siendo muy reducida en el horizonte de 2050, incluso con un ritmo de inversión para la construcción de nuevas centrales hoy día impensable. La lucha contra el cambio climático requiere avances significativos en un horizonte mucho más corto, como plantea la Unión Europea al fijar para 2020 los objetivos de incremento en el uso de las energías renovables.

Cada día que una central sigue abierta, aumenta el volumen de inversión necesaria para garantizar su seguridad y para gestionar el aumento de sus residuos; y se distraen recursos que deberían dirigirse a las energías renovables. Cuanto antes resulte viable el cierre de una central -sin efectos indeseables sobre el suministro ni sobre el empleo, como será en el caso de Garoña -, antes se avanzará hacia un modelo energético seguro y sostenible, que exige inversiones públicas y privadas para impulsar el uso generalizado y a coste asequible de las energías renovables. Con una cuantía equivalente a la invertida durante cinco décadas para garantizar el “uso pacífico” de la energía nuclear – sin contabilizar el coste incalculable de mantener bajo control durante miles de años los residuos radiactivos –, hoy la energía solar permitiría atender todas las necesidades del planeta. Y es que hace cincuenta años, el “uso pacífico” de la energía nuclear resultaba tan “utópico” como para algunos sigue siendo hoy el uso de la energía solar.

La energía nuclear no es, por lo tanto, ni deseable ni imprescindible…salvo para quienes no consideran relevante ni el riesgo de proliferación de armamento nuclear, ni el riesgo asociado a los residuos de alta radioactividad, ni el inmenso volumen de recursos económicos que requiere la energía nuclear. La energía nuclear es también una opción política – aunque quienes la defienden pretendan responder a argumentos “no políticos”-: la opción por una sociedad insolidaria con las generaciones futuras y cuyo suministro energético se confía a una tecnología que exige mecanismos de control muy costosos y permanentes. Algo difícil de compatibilizar con los valores de la paz, de la igualdad y de la sostenibilidad.

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