«Té dos coronetes!»

> El gobierno local ha entrado en una incongruente y hasta grotesca guerra sin cuartel con la Generalitat por el Mirador del Palmeral.

Recuerdo que en mi adolescencia, por lo menos en Elche, al chavalillo rebelde, acosador, que a toda costa siempre quería salirse con la suya, a todos esos chiquillos de espíritu desobediente, insubordinados de carácter, contestatarios a los consejos de los adultos, en suma, a todos esos rapaces indómitos de disciplina incontrolable con gran lastre egocéntrico en su bagaje emocional, en el leguaje vernáculo de nuestro pueblo, se les reprochaba con la frase: «Aquest xiquet té dos coronetes!». ¿Se acuerdan? Creo que también existe una traducción, más o menos literal, al castellano. Lo digo por los exabruptos, por cierto, muy poco diplomáticos, con que el equipo de gobierno ha asumido la negativa de la Conselleria para construir la noria mirador en el lugar propuesto. Una terquedad, sin adherirse a la razón, rebatida con argumentos tan tremendistas como: «papel mojado», «se hará, digan lo que digan», etc. No es esta la conducta municipal más indicada para resolver el impasse. ‘Hi ha algú en l’Ajuntament d’Elx que tinga dos coronetes? Què en pensa el poble?’

Es la culminación de una postura intransigente que aún continúan venteando algunos responsables públicos con palpable evidencia de inmodestia presuntuosa y atisbos de autoestima mórbida, incluso a sabiendas de que su reino de taifas está condicionado a los próximos resultados de las urnas. Por otro lado, y esto es más serio, lo que incomprensiblemente demuestran es una falta categórica de percepción sobre el futuro riesgo que sus decisiones faraónicas puedan acarrear, corroborando así una carencia muy común entre los políticos totalitaristas. En Elche ha surgido una corrosiva polémica sobre la noria que, recientemente, acaba de enfrentar a los gobernantes en el poder con el partido minoritario y la Consellería. Separadamente a esta guerra sin cuartel, a veces incongruente y hasta grotesca, lo que debe de quedar bien patente aquí, es que la oposición a la noria ha surgido espontáneamente del pueblo de Elche, mucho antes de que el PP moviera un dedo. Es un sentimiento generalizado y, hasta que no se nos demuestre lo contrario, compartido por la mayoría de los ciudadanos, excepto, quizás, por unos cuantos concejales y sus aliados acérrimos que defienden en los medios de comunicación la decisión de su jefe de filas, mientras otros tantos -como la edil de Cultura que sigue agazapada observando detrás de la mata; ¿Quién insinuó que se merece una ‘caganera’ en el belén de la Glorieta? Sería la justa recompensa a sus convicciones catalanistas- no lo ven tan claro aunque, chocantemente, por lealtad a la cabeza de lista del partido, no sueltan prenda. Todo lo contrario a lo que ocurre en el PP, que oficialmente nadie sabe aún quien será elegido no tiene candidato/a a la alcaldía. Yo, personalmente, abogo para que todos los políticos hagan públicos sus bienes y sus actividades económicas. ‘Quant més clar millor’.

Para empezar, habría que refrendar otra vez que la oposición a la fatídica idea de la noria surge de lo más hondo del instinto nato ilicitano, cualquiera que sea su temperamento ideológico. De hecho, hay un grupo de colectivos culturales sin ánimo de lucro (demasiados para enumerarlos en esta columna) que, paradójicamente, aun simpatizando con la filosofía doctrinal de los socialistas, se han sublevado encarnizadamente -aunque en un tono menos despótico que el alcalde- contra la construcción de esta noria circense en el corazón de nuestro incomparable patrimonio natural. La circunstancia de que ahora el PP lance a los vuelos su negativa al proyecto, después de emitir su veredicto la Conselleria, no tiene nada que ver con el meollo de la cuestión. Este es un típico ejemplo en que la flauta les ha sonado por casualidad.

La mayor parte de las obligaciones de un líder sensato radica en atender las peticiones e inquietudes de la vox populi a la que ineludiblemente debe su posición en el cargo. La ciudadanía, insisto, no aprueba este proyecto. Si encima de todo se quebranta las premisas requeridas por los organismos internacionales que han otorgado el calificativo de Patrimonio de la Humanidad al conjunto de huertos de palmeras que aglutinan nuestro paisaje urbano ancestral, peor aún. Me estoy refiriendo, en concreto, a la disposición promulgada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura cuyo Comité del Patrimonio Mundial, el 2 de diciembre de 2000, inscribió el Palmeral de Elche en la Lista del Patrimonio Mundial en los siguientes términos textuales: «La inscripción en esta lista confirma el valor excepcional y universal de un sitio cultural o natural que debe ser protegido para el beneficio de la humanidad». Este documento fue firmado por el Director General de la Unesco que, me imagino, no se debe tomar las cosas tan a la torera como esa confrontación pueril que caracteriza el careo dialécticos del que hacen gala los dos partidos mayoritarios. Entonces la pregunta obligada sería: «¿Se protege el palmeral con una noria como la planeada, por mucho que tonifique las ilusiones de su arquitecta y la del alcalde?» La respuesta es obvia y la saben todos aquellos que aún disfrutan de un elemental sentido común, un categórico ¡No!

No sé si lo captaron, pero la directora del equipo técnico ganador del concurso, omitió revelar en su última entrevista otorgada a este diario que la panorámica desde lo alto de la noria, justo debajo, y en primer plano, se centraría en las piscinas y campos de juego del complejo del Parque Deportivo. Nada más lejano a un emblemático palmeral denso y frondoso y una cruda reminiscencia de cómo los huertos han sido saboteados en beneficio del cemento y las demandas más mundanales; ése sería el mensaje subliminal que absorberían de inmediato los forasteros. Naturalmente, que estas infraestructuras se completaron tiempo atrás, antes de que los ilicitanos escucharan nada sobre patrimonios de la humanidad. Pero, desgraciadamente, ese panorama tan poco reconfortante para el orgullo patrio ilicitano, sería lo que descubrirían asombrados los supuestos visitantes que decidieran balancearse en esa máquina metálica intrusiva erigida donde no le corresponde. Así pues, irremediablemente, casi sin proponérselo, los turistas contemplarían forzosamente los huecos de vegetación que hemos expoliado, muy antagónicos al concepto bosque-palmeral tal como lo heredamos de nuestros antepasados.

En contraste, la perspectiva desde el campanario de Santa María es, sin lugar a dudas, mucho más espectacular. Debido a su ideal altura y la cierta lejanía de los huertos metropolitanos, el paisaje es considerablemente más prístino e idílico, fiel a como lo habían descrito para la posteridad, infinidad de veces, los trotamundos extranjeros que hicieron escala en Elche (Henry Swinburne, Joseph Townsend, Alexandre Laborde, Richard Ford, Gustave Dorée, Charles Davillier, etc., etc.) a partir de finales del siglo XVIII. No es ningún secreto que Elche tiene tres ‘skylines’ distintivos: la silueta de la ladera oriental del cauce del casco antiguo con Santa María en el centro, arropada por el Palacio de Altamira y el Hort de Baix a su izquierda; la vista desde el campanario de la basílica hacia la floresta de palmeras y su ambiente geográfico, incluyendo una ojeada aérea de los puentes sobre el cauce del Vinalopó y, finalmente, el horizonte que se aprecia mirando de norte a sur que muestra el perfil de la ciudad con la torre e inmensa cúpula azul de la iglesia arciprestal presidiendo al fondo resaltando sobre los edificios de la urbe, todo bordeado por el típico cielo mediterráneo y una amalgama verde de copas de palmáceas. Ninguna de estas iconografías tradicionales necesita una noria como complemento para su realce, al contrario, su inclusión ocasionaría un perjuicio intolerable a nuestra venerada imagen histórica que daría al traste con el entorno botánico de palmeras más fotografiado del planeta, un símbolo imperecedero que llevamos dentro de sí todos los ilicitanos. Señores, construyan la noria y Elche dejará de ser Elche para convertirse en el ‘chabacanismo’, la sinrazón y el hazmerreír de las conscientes generaciones venideras. ‘Val l’honor turistic del poble d’Elx una roda de carnaval al lloc on la volen montar? Impensable!’

Vía | laverdad.es